viernes, 11 de enero de 2013

EL TIEMPO PASA, LAS INFRAESTRUCTURAS, QUEDAN

    En estos tiempos de crisis, y más, cuando es tan virulenta y generalizada como esta, son demasiadas las cosas que cambian, y son demasiados los símbolos que se cuestionan. Es la reacción que se produce equivalente a la que se siente cuando, después de una agradable noche, pródiga en copas y buen humor, se levanta resacoso por la mañana. 

  Y uno de esos símbolos que ahora entra en el mundo de la duda, es muy visible: es el mundo de las infraestructuras.  Ejemplo vivo del progreso en una Nación como España, preciosa para disfrutar de cada uno de sus recónditos rincones, pero una pesadilla histórica para los ingenieros, sean estos del pelaje que sean. Y por pelaje me refiero su especialidad. Basta con mirar el mapa de España para ver esa pléyade de cadenas montañosas que dificultaron a lo largo de nuestra Historia no solo la comunicación entre nosotros,  el transporte de nuestras mercancías, si no hasta la posibilidad misma de poder tener agua. Y se daban paradojas como que, en el norte de España, sobrase ese agua preciosa, mientras en el sur, agonizaban cultivos y se limitaba el uso del agua potable para los ciudadanos, para  que estos, con las inclemencias del tiempo, ahogasen su sed secular con las primeras avenidas en las lluvias otoñales.  Y así, año tras año y siglo tras siglo.

  ¿Viajar?...¿se acuerdan los más veteranos lo que era ir por  esas carreteras de doble sentido  en esos pasos emblemáticos como el Puerto de Pajares, o Despeñaperros por ejemplo?. Sin aire acondicionado en los coches, con caravanas kilométricas, con adelantamientos suicidas, mal conservadas y, peor trazadas. Pero esa mala traza venía determinada por dos factores: la CARENCIA de dinero y el MARTIRIO de nuestra orografía.

  Bien. prosperamos, fuimos avanzando, crecieron nuestros hijos y viajamos por el mundo. Nos fue bien, indudablemente y atrás quedaron las crisis tales como la del petróleo de los 70, la crisis que nos llegó después de los fastos del 92, con Olimpiadas, Capitales Culturales y Expo y demás. Pero quedaron dos cosas: los edificios y las infraestructuras, fueran estas los primeros desdobles de las carreteras radiales, o el primer A.V.E., o la mejora de los aeropuertos, de los puertos, de las traídas de aguas, de la depuración...de tantas cosas en definitiva. 

   Y nos gustó. Vimos que era posible viajar en coche sin tener que esperar a los carriles de adelantamiento de las carreteras del Plan Redia, que se podía ir de Sevilla a Madrid en dos horas y cuarto, - como los japoneses y su tren bala, decían algunos...-, cómodamente y casi sin enterarse, en vez de estar jugándose la vida en seis interminables horas. Y, además, comprobamos que esos trenes llegaban puntuales. Pues bien. Tanto nos gustó, que hicimos de esas obras públicas tan esenciales una manera hacer crecer nuestra economía, de mejorar nuestra calidad de vida, de poder ser más eficientes. Y lo hicimos, haciendo realidad el sueño de nuestros abuelos: convertir España en un verdadero queso de gruyere, solventando de una vez y por todas esos colosales  y montañosos retos. Y entre agujero y agujero, viaducto que te crió. 

   Salieron caros el hacerlos, y los hicimos en todas partes y para todos los usos. Y como buenos españoles, nos aficionamos tanto que llegó el momento de replantearse ese ritmo frenético de construcción, para dar paso a sensatez. Por que, por construir, deseábamos una autopista para conectar cada casa de cada español, una universidad en cada barrio y un aeropuerto en cada aldea. Nos pasamos de largo. 

   Pero las obras quedan. Quedan esas infraestructuras tan necesarias, para nosotros y para nuestros hijos. Si. Tendrán que mantenerse, tendrán que sufrir alguna modificación puntual y muy determinada, tal vez, pero esas actuaciones siempre serán infinítamente más baratas que el tener que hacer esas obras enteras y desde cero. Y ese patrimonio, esas trazas que ya  forman parte de nuestro paisaje, quedan para siempre.

   Y quedan esas empresas que pasaron de ser simples contratistas de poderosos grupos de construcción extranjeros a ser ellas, las que creciendo y haciéndo las cosas de manera excelente, lograron el reconocimiento internacional, hasta el punto de ser líderes mundiales, y queda, así mismo el prestigio conseguido por nuestros técnicos, técnicos que si antes construían canales de riego por España, ahora, por ejemplo están construyendo el Canal de Panamá, o de esos ingenieros que hacían milagros para que esas vetustas máquinas de ferrocarril se moviesen por esas vías cruzadas de traviesas de roble, ahora sean demandados para que construyan trenes de alta velocidad por medio mundo, hasta en la misma Meca. 

   Si. tenemos una crisis terrible. Muchas cosas han cambiado y no volverán a ser como antes. Pero en toda crisis, siempre se depuran los excesos que como Pueblo, como Nación, como ESPAÑOLES cometimos, pero PERMANECE lo bien hecho, lo razonable, lo posible, en definitiva, lo real. Y un detalle. Sería de una enorme importancia que hiciésemos la suma del coste de todas esas infraestructuras. Nos saldrían cifras apabullantes, del orden muchos cientos de miles de millones de Euros. Bien: esos son los Fondos de Cohesión, el famoso maná que nos llovía desde Bruselas, la única  manera capaz de financiar esa colosal empresa y la voluntad de unos políticos, de toda ideología, que supieron acertar con las necesidades de España. Luego  eligieron bien los políticos, lo hicimos entre  todos, y, además,  lo hicimos bien. 

   Quizás ya no se pueda ni se deba construir más líneas de alta velocidad ferroviaria, o más kilómetros de autopistas,  si no solo terminar con las que están a medio construir. Y quizás, se queden por el camino el sueño de grandeza de algún político, de esos que creen que el mejor mandato que reciben del pueblo es el construir esas infraestructuras, impactantes  para inagurar, bonitas para ver, caras de mantener e imposibles de financiar. Tal vez esos mismos políticos, tengan ahora y en lo sucesivo que atender a esa servidumbre callada pero permanente que es el MANTENIMIENTO, y dedicar sus esfuerzos a innovar en otras áreas donde España si tiene necesidades acuciantes. 

 Luego sí,  lo hicimos no solo bien, si no DEMASIADO BIEN en acometer ese fabuloso programa de construcciones. Era vital para nuestra Patria. Pero, como en todo lo humano, hay siempre un límite, y, ahora, nos queda, a Dios gracias, poco recorrido. Ciertas actuaciones serán absolutamente necesarias, pero no serán las presiones del político de turno ni el juego escénico del partido político local que sea quienes marquen las prioridades, si no que será  la rentabilidad neta de esas inversiones la que determine qué obra, a qué coste, el por qué de su oportunidad y  el por donde de su trazado y no la pretensión de lograr un puñado de votos o el  quedar bien ante la prensa cuando les falten las ideas. Y no serán esos pactos onerosos los que prioricen intereses ajenos al interés de los ciudadanos sino el dictamen de esa palabra tan sencilla de pronunciar y tan difícil de entender para tantos:  será LA SENSATEZ quién dicte las prioridades y no otras consideraciones. 

  Y eso será así por que lo importante ya se hizo y la crisis, nos abrió los ojos, y para demasiado tiempo. Pero las obras, aquí quedan. Y para nosotros. 

  Saludos cordiales. 


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